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La Familia Dominicana
La Orden de Predicadores ha nacido como familia; una familia que comparte el mismo carisma común de la predicación. Este fue el proyecto de Domingo. Esta familia dominicana, familia particular y unida en el seno de la gran familia cristiana, no ha sido creada para ella misma, sino para que esté al servicio de la Iglesia en su misión en el mundo. Las ramas de la familia dominicana son múltiples: frailes, monjas, congregaciones de hermanas, seglares en fraternidades, grupos de jóvenes, institutos seculares y sacerdotes seculares en fraternidad. «Cada una tiene su carácter propio, su autonomía. Sin embargo todas participan del carisma de Santo Domingo, comparten entre ellas una vocación única de ser predicadores en la Iglesia» (Capítulo de México, 1992). Más allá de la amistad y de la unión íntima entre las ramas diversas, se desarrolla la toma de conciencia de una complementariedad, de una responsabilidad mutua para trabajar juntos en el anuncio del
Evangelio al mundo. Un auténtico espíritu de colaboración, entre hombres y mujeres, clérigos
y seglares, contemplativos y activos, comienza a desarrollarse en toda la Orden. «Ahora es el
tiempo favorable para que la familia dominicana llegue a una verdadera igualdad y
complementariedad» (Capítulo de Quezon City, 1977).
Vivir la vida de predicador hoy
Nuestro celo se funda en la pasión por abrir a la humanidad caminos de vida,
de verdad y libertad por la palabra. Desde los
orígenes, el carisma de la Orden de Predicadores
consiste en “la salvación de las almas”,
mediante la predicación. El amor por la
predicación es la señal distintiva de todas las
ramas de nuestra Orden.
Nosotros descubrimos hoy más
la importancia de su dimensión de familia en la
que mujeres y hombres, laicos y clérigos pueden
estar unidos para colaborar en la misión
evangélica, perteneciendo a comunidades o
fraternidades, respetuosos con las diferencias,
pero unidos por la fe. Nuestros esfuerzos para
crecer como familia son en sí mismos aspectos de
nuestra predicación. Esta tarea común de la
predicación es la oferta de la experiencia de un
Cristo vivo, a quien se le puede encontrar y a
quien se le puede hablar. Esta tarea nos impone
la obligación de escuchar la voz, los ojos y el
corazón de quienes se dirigieron al apóstol
Felipe rogándole: «queremos ver a Jesús» (Jn
12,21), y que son hoy los gritos de un gran
número en el mundo.
La respuesta de Domingo, y una
de las claves del éxito como predicador, fue su
modo de vivir. Lo que atrae a las gentes hacia
Cristo Jesús, no es precisamente lo que decimos,
sino lo que somos. Por eso, nuestra predicación
realiza de una manera plena su tarea en la
medida en que los pobres reconocen a Jesús en
nuestras comunidades. El evangelio que
predicamos es la Buena Noticia a los pobres.
Comprometiendo nuestra vida con ellos, nos
convertimos en destinatarios de su evangelio.
Para ir a su encuentro, nuestra predicación nos
invita no a un compromiso en una actividad
pastoral local, sino a una movilidad apostólica.
Por eso, Domingo ha querido predicar según el
modelo del Evangelio.
Nuestro carisma dentro de la
Iglesia es ejercer, en colaboración con el
ministerio de los obispos, la predicación en su
dimensión profética, de modo colegial,
comunitario. Es un recuerdo constante a toda la
Iglesia de la importancia de la predicación.
Nuestro trabajo teológico, en el que se apoya
nuestra predicación, quiere descifrar constante
y conjuntamente la Palabra de Dios y la
experiencia humana. Nos obliga a la renovación,
a aportar una respuesta adaptada, para que nada
verdaderamente humano quede sin eco en nuestro
corazón y en nuestra palabra. Esta
característica profética de la Orden hace que
nuestra búsqueda intelectual cuide el secreto de
una libertad interior, la de la fe, que es
adhesión a una persona viva, Dios mismo, el
Único a quien debe el homenaje de su obediencia.
Esta libertad de espíritu junto con el
desplazamiento no es algo accidental, sino un
propósito deliberado de Domingo. Por eso,
nuestra predicación itinerante, comunitaria y
profética, vivida siempre en comunión con la
Iglesia, se ofrece como una proclamación gozosa
a los hombres de la Palabra de Dios vivo y
vivificante.
Enraizados en la contemplación
Nuestra vida apostólica y
nuestra enseñanza deben brotar de la abundancia
de la contemplación. Es en ella donde Domingo
encontraba la fuente de su pasión por la
predicación. Compartimos en comunidad una
oración litúrgica viva de la que Eucaristía,
vivida y celebrada juntos, es el punto
culminante. Pero también es esencial para
nuestras vidas la oración silenciosa y privada,
en la que nos dirigimos a Dios, en busca de ese
“cara a cara”, en el viven instantes de una
verdad inevitable y de un perdón desconcertante.
La oración es el reto más urgente que nosotros
podemos lanzar a una sociedad en la que la
eficiencia ha sido convertida en ídolo, en cuyos
altares es sacrificada toda la dignidad humana.
Nosotros no nos elegimos como
los amigos pueden hacerlo, sino que nos
recibimos los unos a los otros como hermanos que
tienen un Padre común. La elección de vida común
nos hace responsables los unos de los otros y de
la marcha armoniosa de la comunidad. Esta se
encuentra constantemente en construcción a
partir de las debilidades de cada uno. Reunidos
para habitar juntos en la comunidad, y formando
“un solo corazón y una sola alma” en Dios, nos
vemos impulsados a vivir juntos, aun cuando
tengamos opiniones y actitudes diversas. Esto es
posible únicamente porque Cristo, centro de
nuestra vida comunitaria, constituye nuestra
unidad. Lo que está en juego es importante,
porque nuestra predicación, aunque personal, es
un fruto producido en común. En efecto, si la
vida fraterna, lo mismo que el estudio, no es un
fin en sí, sin embargo es la primera tierra en
la que nuestra palabra es acogida.
Nuestra contemplación no es
solamente la que va unida a la oración. Es más
generalmente la del estudio en la que se rumia
la verdad sobre Dios y sobre el hombre, en la
búsqueda de sentido. El estudio no tiene como
fin principal hacer de nosotros especialistas en
filosofía y en teología. Tiende a manifestar el
sentido de las cosas y del mundo, del hombre y
de las situaciones humanas, del plan de Dios en
la historia. Esta manifestación de sentido es
para nosotros una tarea colegial. El estudio nos
forma para responder a nuestra vocación
particular en el seno de la Iglesia, de ejercer
de modo colegial la dimensión profética del
ministerio sacerdotal. Por eso elegimos vivir
juntos la aventura intelectual del estudio sin
fin, la afrontación de la palabra de Dios, la
exigencia de la verdad, la disciplina de un
cuestionamiento a plantear y a percibir, y la
pasión de comprender.
Destinados al Amor
Nuestra familia dominicana se
consagra a Dios siguiendo a Cristo para llevar
en la Orden una vida evangélica bajo la mirada
de María, y comprometiéndose a permanecer fieles
al espíritu y al proyecto de Domingo. Por la
promesa de obediencia hecha en manos del
representante del Maestro de la Orden o de la
Superiora de su institución, los hermanos, las
hermanas y los seglares de institutos seculares
entregan una vida que deberá ser vivida
progresivamente. Ellos aceptan, y de modo
radical en un instante, las llamadas evangélicas
a la obediencia, a la pobreza y a la castidad
sobre las que son invitados a estructurar su
vida. Destinadas al amor que es la vida misma de
Dios, fuentes de vida y de dinamismo, apoyando
nuestra predicación, estas elecciones exigentes
nos conducen hacia un futuro desconocido. Ahí
está nuestro gozo.
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